EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO
En el principio era el verbo,
y el verbo tu carne,
y la gesticulación,
las vibraciones,
al principio de los tiempos,
la boca y el movimiento,
rosadas paredes
que encarnan al tiempo.
Segundos y minutos transformados en lustros
por acción de mi boca.
Y de mi boca los pétalos,
suave terciopelo humedecido
mares de palabras de tu verbo a mi verbo,
de la lengua a la carne,
del hecho de sentir las terminaciones
hasta donde nos dan
las cuerdas vocales
que vuelven a evocar
ese verbo.
Esas palabras del presente
que, sin prometer nada,
han logrado la máxima transfiguración;
y de tu carne en carne,
que viene en pares cual puerta,
la premisa mayor se encuentra
subyugada a la menor y se separan,
dejando lugar a conclusiones
de la coordinación entre sístole y diástole
que se encuentran
cuando el verbo es carne.
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CUANDO TODO DEJA DE TENER SENTIDO
Cuando todas esas veces,
las risas, los viajes,
los amores, los orgasmos,
los sueños y los logros,
las noches, los desvelos,
las interminables caminatas en parajes nublados,
las cicatrices, llagas rampantes que revientan al rozar
las manos ungidas en santos óleos,
han llegado a ser nulificadas
por el candor del cobarde que enciende mareas rojas
para no nadar.
Y, de repente,
da lo mismo construir una casa
que reducirla a cenizas,
así como es lo mismo recordar
tragedias y comedias
de libros empolvándose en estanterías.
Quisiese hallar un sentido a todo esto,
pero luego está el ruido que recorre las calles
y alimenta las avenidas
señalando tan sólo la fragilidad de la existencia.
Esa condicionalidad de percatarse
que es tanta la futilidad en el ser
que hemos de buscar sentidos y propósitos
para el accidente de estar vivos.
¿Por qué somos lo que no descartamos que somos?
Cuando todo deja de tener sentido,
pienso en Heráclito y Parménides como uno solo,
y de repente,
ambos se vuelven tan absurdos
como aquella causa incausada
que ha decidido ser promotora
del más ridículo de todos los beneplácitos:
Esa estúpida y hermosa coincidencia
de estar aquí y ahora.
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KN-95
Te escribo a ti, hombre del pasado.
A ti, que creíste poder escribir
todos los versos del mundo
recluido entre cuatro paredes.
A ti, que tuviste la dicha de respirar con los pulmones,
y que los coágulos nunca fueron problema,
pues ese aire circulaba sin máquinas
conectadas al dorado filo
de la vida que se acaba.
A ti, que ignoraste sistemáticamente los números
que alguna vez fueron personas,
cuyas metas y sueños
terminaron entre cobijas y blancas mascarillas.
No puedo hacer más que escribirte a ti,
pues en esa mente atarantada
en la sala de televisión
te sentiste un héroe por dejar de transitar
estas calles desiertas,
-porque tú pudiste hacerlo-.
Y no te culpo:
no es culpa de nadie.
Es sólo el sinsentido
rodeando las avenidas,
levantando cuerpos,
señalando las cifras
de quienes no fueron tan afortunados
como lo fuiste ayer.
Así, rondando un planeta de absurdos
como absurda es la vida
cuando se sopesa su fragilidad.
Respira, que el mundo no se ha acabado.
Sólo respira.
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DE LOS VERDES PASTOS
De los verdes pastos
en parajes calmos,
me muevo entre dorados verduzcos.
Caen las hojas y crujen a mi paso;
sólo la selva puede escucharme.
Con salvaje furia
y tímida soltura,
me vuelco al origen,
a la causa primera
divina creación,
cambiante elemento
dueño del todo.
Y así,
en calmos parajes
de verdes variados,
donde se clama la unidad
la más primera reminiscencia
de los húmedos inicios,
transito taciturno
de vuelta al origen,
al lugar donde todo nace
y a donde todo vuelve.
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EL OMBLIGO DE LA LUNA
Nosotros, hijos de la Luna,
en cuyo ombligo encontramos el regocijo de una tierra,
las palpitaciones del centro vivo.
Nosotros, que en libertad transitamos
con manos abiertas y pechos desnudos,
y nuestro único escudo era la franqueza en las palabras:
recalcitrante ironía de la memoria
cuando el caos se ha convertido en la nueva monotonía.
Entre huestes de nuestros hermanos, hemos muerto por fuego amigo;
transitamos desnudos hacia las palmas abiertas de nuestro verdugo.
Los campos se pintan de carmesí;
hay más balas sembradas que hortalizas,
las calles son campos minados.
No hay refugio seguro en esta tierra caníbal.
Las keres se han apoderado del destino de mi gente.
Los pechos abiertos dejaron de ser metáfora.
La libertad en que transitábamos
se ha visto mermada
por las palpitaciones de adrenalina
al no saber si regresaremos a casa.
En el ombligo de la Luna
sobrevivir
se ha vuelto un acto sublime de valentía.
