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Ya no hay remedio, Señor,
ya no hay remedio.
Desde la raíz
a los estambres
llega la noche
desmedida.
Es humo todo,
es humo todo.
La brisa se aleja
llevándose el sabor
de los arrecifes,
lavándose en la luz
de las preguntas
que nadie
va a contestarme.
Ya no hay remedio, Señor,
ya no hay remedio.
Ventanas abiertas
al misterio
y mensajes
que invaden
ese cielo tintado
de tristeza muda.
Entregarme al fuego
antes que al mármol,
dadle a mi corazón
calor, aunque
sea muerto.
Ya no hay remedio, Señor,
ya no hay remedio.
.
.
**
Como silba ese tren
que en la noche quieta e inevitable
se desliza más allá del futuro,
mientras una mujer vestida de negro y con elegante figura
mira sin ocultar sus interrogantes
al viajero que sentado frente a ella sueña
tal vez con lo que no fue o lo que ya ha sido.
Como silba ese tren que atraviesa la noche
en tanto los ojos de ella se sitúan, abiertos,
en las manos ciegas e infantiles de él.
Como silba la noche
cuando ese tren sale del cautiverio
de la prisa, decididamente cargado
de memoria: negra y amarilla.
.
.
***
Detrás del mar
estabas tú,
toda la gloria
del instante,
la palabra pintada
de la tarde
creyendo
en el misterio
de soñarte.
Detrás del mar
estaban las promesas
de Dios
y sus olvidos perfectos,
además de todos
nuestros nombres
con sus ecos.
Detrás del mar,
la siempreviva,
los dondiegos
y aquel confuso oleaje
de la vida.
.
.
****
Volar, sólo eso.
Hallar tu mano otra vez.
Dormir contigo.
Dormirme todo.
Llorar sin llanto. Así.
Irme y venir.
Viajar sin miedo
No recordar el frío.
No sentir sueño.
Salir del cuerpo.
Abrir el cielo. Andar.
Quedarme quieto.
.
.
*****
Se yuxtaponen momentos, colores y sonidos,
donde la belleza se acrecienta con el abrazo
que no desaparecerá de lo profundo de los días,
y quema la claridad del verbo que, engarzados,
nos mantiene en la luz de lo desconocido.
Cuando el azar me lleve hasta tu mano
y ponga mi mano al lado de tu orilla,
más lejos llegaré de lo que escribo ahora,
entre tu ternura silenciosa y mi íntima ternura,
la lengua buscándote la lengua, oh muchacha,
que no sabes de mí más que mi nombre: Piedra.
