Ramón López Velarde (Jerez de García Salinas, Zacatecas, 1888 – 1921). Fue poeta y funcionario mexicano del movimiento modernista. En México alcanzó una gran fama y llegó a ser apodado como "El poeta nacional". En 1916 publica su primer libro, La sangre devota, que dedica a "los espíritus" de los poetas mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Manuel José Othón. El libro recibió una buena acogida en los medios literarios mexicanos.

Ramón López Velarde: Un clamor lúgubre nos marca.

HOY COMO NUNCA, ME ENAMORAS Y ME ENTRISTECES

Hoy como nunca, me enamoras y me entristeces;

si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave

nuestras dos lobregueces.

Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida;

pero ya tu garganta sólo es una sufrida

blancura, que se asfixia bajo toses y toses,

y toda tú una epístola de rasgos moribundos

colmada de dramáticos adioses.

Hoy, como nunca, es venerable tu esencia

y quebradizo el vaso de tu cuerpo,

y sólo puedes darme la exquisita dolencia

de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca

el minuto de hielo en que los pies que amamos

han de pisar el hielo de la fúnebre barca.

Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte:

huyes por el río sordo, y en mi alma destilas

el clima de esas tardes de ventisca y de polvo

en las que doblan solas las esquilas.

Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño

de ánimas de iglesia siempre menesterosa;

es un paño de ánimas goteado de cera,

hollado y roto por la grey astrosa.

No soy más que una nave de parroquia en penuria,

nave en que se celebran eternos funerales,

porque una lluvia terca no permite

sacar el ataúd a las calles rurales.

Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor

cavernoso y creciente de un salmista;

mi conciencia, mojada por el hisopo, es un

ciprés que en una huerta conventual se contrista.

Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo

del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto

mi corazón la noche cuadragésima;

no guardan mis pupilas ni un matiz remoto

de la lumbre solar que tostó mis espigas;

mi vida es sólo una prolongación de exequias

bajo las cataratas enemigas.

.

.

DÍA TRECE

Mi corazón retrógrado

ama desde hoy la temerosa fecha

en que surgiste con aquel vestido

de luto y aquel rostro de ebriedad.

Día trece en que el filo de tu rostro

llevaba la embriaguez como un relámpago

y en que tus lúgubres arreos daban

una luz que cegaba al sol de agosto,

así como se nubla el sol ficticio

en las decoraciones

de los calvarios de los Viernes Santos.

Por enlutada y ebria simulaste,

en la superstición de aquel domingo,

una fúlgida cuenta de abalorio

humedecida en un licor letárgico.

¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas

para que así pudiesen

narcotizarlo todo?

Tu tiniebla

guiaba mis latidos, cual guiaba

la columna de fuego al israelita.

Adivinaba mi acucioso espíritu

tus blancas y fulmíneas paradojas:

el centelleo de tus zapatillas,

la llamarada de tu falda lúgubre,

el látigo incisivo de tus cejas

y el negro luminar de tus cabellos.

Desde la fecha de superstición

en que colmaste el vaso de mi júbilo,

mi corazón obscurantista clama

a la buena bondad del mal agüero;

que si mi sal se riega, irán sus granos

trazando en el mantel tus iniciales;

y si estalla mi espejo en un gemido,

fenecerá diminutivamente

como la desinencia de tu nombre.

Superstición, consérvame el radioso

vértigo del minuto perdurable

en que su traje negro devoraba

la luz desprevenida del cenit,

y en que su falda lúgubre era un bólido

por un cielo de hollín sobrecogido.

.

.

EL SON DEL CORAZÓN

Una música íntima no cesa

porque transida en un abrazo de oro

la Caridad con el Amor se besa.

¿Oyes el diapasón del corazón?

Oye en su nota múltiple el estrépito

de los que fueron y de los que no son.

Mis hermanos de todas las centurias

reconocen en mí su pausa igual,

sus mismas quejas y sus propias furias.

Soy la fronda parlante en que se mece

el pecho germinal del bardo druida

con la selva por diosa y por querida.

Soy la alberca lumínica en que nada,

como perla debajo de una lente,

debajo de las linfas. Scherezada.

Y soy el suspirante cristianismo

al hojear las bienaventuranzas

de la virgen que fue mi catecismo.

Y la nueva delicia, que acomoda

sus hipnotismos de color de tango

al figurín y al precio de la moda.

La redondez de la Creación atrueno

cortejando a las hembras y a las cosas

con un clamor pagano y nazareno.

¡Oh, Psiquis, oh mi alma: suena a son

moderno, a son de selva, a son de orgía

y a son marino, el son del corazón!

Ramón López Velarde (Jerez de García Salinas, Zacatecas, 1888 – 1921). Fue poeta y funcionario mexicano del movimiento modernista. En México alcanzó una gran fama y llegó a ser apodado como "El poeta nacional". En 1916 publica su primer libro, La sangre devota, que dedica a "los espíritus" de los poetas mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Manuel José Othón. El libro recibió una buena acogida en los medios literarios mexicanos. Ramón López Velarde: Un clamor lúgubre nos marca.