TUS BRAZOS PASTORES DEL DESEO
A María Macaya Martén
Háblame de tu infancia,
del candor de los escondites,
del cielo y el espejo de mar,
de las playas y de la arena
entre la orilla del sueño y el párpado.
Mírame rendido a tus cabellos,
porque quiero ser
el agua donde laves tus pies.
Ámame hasta cuando no me ames,
cuando un rastro de desprecio
lata las sílabas de mi nombre,
estaré ahí puntual
en las noches cuando el odio
gane la batalla a las ganas de estar juntos.
Deséame hasta cuando veas a otros hombres,
porque al final del camino
sé que tu boca está a mi favor
y siempre podrás volver
a mi cuerpo como a un refugio.
Duerme todas las noches
en el segundo que aparezca
tu estrella favorita,
con el único interés de soñar
una vida escuchando al alma reproducirse,
porque dormir es un desperdicio
cuando el amor sobra.
Ámame que seré tu fiel servidor
y estaré aquí
con la extensión de la sangre
esperando tus brazos pastores del deseo,
no temas
dame la libertad
y seré tu eterno esclavo.
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LOS INGENUOS
A María Macaya Martén
Los ingenuos
se acostumbraron a recibir de menos,
a sentir de menos
y cuando menos significó más,
corrieron a las salidas de emergencia
por el temor de sentirse descubiertos.
Los ingenuos cruzaron tantas veces
los puentes del erotismo
confundiendo el sexo con amor
y cuando amaron
el silencio se volvió una puerta cerrada.
Los ingenuos aman las luces,
a las estrellas que se quedan al amanecer
y juegan a imaginar los kilómetros
que existe entre el cielo
y sus pasos ingenuos,
juegan a contar aviones,
fronteras que los separan;
ellos dejan de sentir miedo
cuando todo parece imposible.
Y entonces, los ingenuos
cultivan ángeles en sus manos
y entre plegarias
comienzan altares con el nombre de vírgenes:
Trinidad, Fátima, María…
y así como el circular milagro
de un ombligo que guarda la primavera
los ingenuos encuentran la fiesta delgada y eterna
en donde aprenden a quedarse.
*
A Alberto Gurrea
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HARTO DE LOSIGNOS DE LA NOCHE
de los asteriscos
que se anuncian como estrellas,
camino por este barrio
de ventanas y paredes
carcomidas por el tiempo y los grafitis.
Realmente cansado
de la turbia especie de obscuridad,
juego a preguntarme
si mi sombra es igual de resistente
que la construcción de mi cuerpo.
Camino por estas calles,
y la esperanza es una sonata
que aúllan los perros,
los hombres desconocidos cruzan la avenida
para iniciar la batalla,
la respuesta es levantar un grito
como una bandera de furia,
para que los nudillos hablen el idioma de los golpes,
pienso en la madre del varón que golpeo,
es la hora de la violencia
y mis manos están cansadas
y los puños se incrustan en las costillas.
Pienso en mi madre
hablando al novecientos once
preguntando por su hijo trigueño
de un metro ochenta y tres,
y pienso en la sangre de mi compañero
como un ritual que se ofrece a la muerte.
Cansado, realmente estático,
se revela la fragilidad de mi espíritu,
de mis dedos que responden
como animal herido,
de mi palabra que funda
un templo de odio
en este viento de madrugada.
Pienso que en este barrio,
sólo seré una anécdota
una descarga de violencia
cayendo de un gotero de alcohol.
