MÁQUINAS VOLADORAS
La pequeña avioneta
planea sobre los valles
y la vida se reduce
a un doble golpe de suerte.
Mi mano pequeña
en la mano pequeña de mi madre,
como si con no soltarla bastara.
Veo hacia afuera buscando aves
pero el ruido de las hélices
hace que me de sueño.
Venimos del oriente,
dejamos atrás los campos de algodón.
No comprendo que huimos
porque a los seis años
no se comprende nada de la guerra,
los muertos en las aceras
no son lo suficientemente extraños,
tampoco se entiende
el motivo de los rezos de los mayores,
ni las explosiones alrededor
como botones de humo
que revientan en flores
grises y repentinas.
Los campos abajo tienen trechos
amarillos y verdes.
La avioneta planea dulcemente,
me duermo, y al despertar
han pasado veinte años,
y lo comprendo todo.
.
.
UNA CHICA
Si toca levantarse y salir a la calle,
me levanto.
Si toca amanecer, amanezco.
Si toca empujar la oscuridad,
la empujo.
Siembro flores de luz en el horizonte.
Para aprender a resistir el frío
se debe ir hasta el frío.
Nadie puede vencer al viento
sino aprende a gritar más fuerte.
Recojo la sombra bajo la cama,
la hago peinarse, le doy la mano
y la hago andar conmigo.
Respiro tanto que me trago todo un invierno
y escupo palomas de escarcha.
Soy fuerte y nazco
y rompo la acera de cemento
como lo hacen las raíces de algunos árboles.
El mar empieza
donde todos los caminos terminan.
Por eso soy el mar.
He terminado, pero me levanto
y también soy la madrugada.
La lejanía es una bufanda
alrededor de mi cuello.
Soy una pradera bajo la lluvia.
La tristeza no es más un crisantemo
sino el dibujo de una luna menguante,
tomo la hoja y me como el dibujo impreso en ella
y sueño que camino provocando
pequeños terremotos.
Esta vez soy hermosa
y tan alta como los pinos de una avenida.
Vivo en el noveno piso
de un edificio que he construido demasiadas veces,
lo sé porque hay un cielo destrozado
dentro de la bañera
y en todas las ventanas
hay una chica que se asoma
para vencer al frío.
.
.
EL ÁLBUM
La familia se reúne en la noche
para mirar el álbum de fotografías
donde se encuentran las abuelas,
las tías, los niños desconocidos,
y el padre al centro de la mesa,
siempre al centro, como una columna
de oscuridad en la oscuridad.
A su lado, esa niña blanca
de pelo blanco, la hija preferida.
Alrededor, la luz del mundo
reunida en el patio de la casa.
En la mesa, siempre los platos llenos
de lechón o de pavo.
Una conversación de muchas horas.
Palabras como frutas en conserva,
dulces en la boca, deshaciéndose
por la lengua abrazada por su sabor.
Siempre sentados a la mesa,
celebran un cumpleaños
o el día de navidad o la víspera
de 1939 o 1951
o el final de una guerra.
Alguien atrás dice todos los nombres,
una mujer, y su voz cae en mí
como una cubeta por el brocal de un pozo,
el sonido del agua abajo,
la onda esparciéndose hasta tocarme
como si las manos de todos
aquellos que observo
se extendieran para saber quién soy,
o quiénes han llegado a ser
a través de mí.
.
.
EN EL MÁRGEN DEL CIELO
Como un día de invierno
dejado atrás pero aún mío,
tu nombre yace en mis labios
como un archipiélago
sobre un mar rojo,
y cuando hablo
cualquier idioma del mundo
mi aliento te roza
como la luz más lenta del otoño
cuando pule
el contorno de las hojas.
He visto demasiados occidentes.
La jirafa y el león
escucharon mi voz
y volvieron a mirar.
Mi sombra se estiró
hasta alcanzar sus sombras
y nuestros ojos se encontraron
en el centro de la sabana
y del mundo
y en esos ojos míos
también estaba tu imagen,
tatuada en mi pupila
como un relámpago en la oscuridad.
Toqué la piedra de mil años,
se sumergió mi pie
bajo siete mares distintos,
y aunque me fui
permanecí
en el mismo sitio siempre,
encerrada en el margen
de ese cielo semejante a tus labios.
Como un día de invierno o de verano,
tu cuerpo es mi horizonte,
el límite infinito
de mis ojos cerrados.
