Roxana Méndez es poeta y narradora salvadoreña, máster en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. En 2022 obtuvo el Premio de Poesía José Hierro en España, en 2019 el Premio Fundación Cuatrogatos de Miami, ese mismo año ganó el Premio de relatos de Navidad Ciudad de Melilla en España, y en 2012, el Premio Alhambra de Poesía Americana en España. En su país ha ganado premios nacionales de poesía, poesía infantil y narrativa infantil. Ha publicado los libros de poesía: Máquinas voladoras, La lluvia de 1979, El cielo en la ventana, Mnemosine y Memoria, así como varios títulos de narrativa y poesía infantil. Su obra poética ha sido traducida a diversas lenguas e incluida en numerosas publicaciones literarias en varios países.

Roxana Méndez: El límite donde se encuentran el mar y los valles.

MÁQUINAS VOLADORAS

La pequeña avioneta 

planea sobre los valles
y la vida se reduce
a un doble golpe de suerte. 

Mi mano pequeña
en la mano pequeña de mi madre, 

como si con no soltarla bastara. 

Veo hacia afuera buscando aves 

pero el ruido de las hélices 

hace que me de sueño. 

Venimos del oriente,
dejamos atrás los campos de algodón. 

No comprendo que huimos
porque a los seis años
no se comprende nada de la guerra, 

los muertos en las aceras
no son lo suficientemente extraños, 

tampoco se entiende
el motivo de los rezos de los mayores, 

ni las explosiones alrededor
como botones de humo
que revientan en flores
grises y repentinas. 

Los campos abajo tienen trechos 

amarillos y verdes. 

La avioneta planea dulcemente, 

me duermo, y al despertar
han pasado veinte años,
y lo comprendo todo. 

.

.

UNA CHICA

Si toca levantarse y salir a la calle,

me levanto.

Si toca amanecer, amanezco.

Si toca empujar la oscuridad, 

la empujo.

Siembro flores de luz en el horizonte.

Para aprender a resistir el frío

se debe ir hasta el frío.

Nadie puede vencer al viento

sino aprende a gritar más fuerte.

Recojo la sombra bajo la cama,

la hago peinarse, le doy la mano

y la hago andar conmigo.

Respiro tanto que me trago todo un invierno

y escupo palomas de escarcha.

Soy fuerte y nazco

y rompo la acera de cemento

como lo hacen las raíces de algunos árboles.

El mar empieza 

donde todos los caminos terminan.

Por eso soy el mar.

He terminado, pero me levanto

y también soy la madrugada.

La lejanía es una bufanda

alrededor de mi cuello.

Soy una pradera bajo la lluvia.

La tristeza no es más un crisantemo

sino el dibujo de una luna menguante,

tomo la hoja y me como el dibujo impreso en ella

y sueño que camino provocando

pequeños terremotos.

Esta vez soy hermosa

y tan alta como los pinos de una avenida.

Vivo en el noveno piso

de un edificio que he construido demasiadas veces,

lo sé porque hay un cielo destrozado

dentro de la bañera

y en todas las ventanas 

hay una chica que se asoma

para vencer al frío.

.

.

EL ÁLBUM

La familia se reúne en la noche

para mirar el álbum de fotografías

donde se encuentran las abuelas,

las tías, los niños desconocidos,

y el padre al centro de la mesa, 

siempre al centro, como una columna 

de oscuridad en la oscuridad. 

A su lado, esa niña blanca 

de pelo blanco, la hija preferida. 

Alrededor, la luz del mundo

reunida en el patio de la casa.

En la mesa, siempre los platos llenos

de lechón o de pavo. 

Una conversación de muchas horas.

Palabras como frutas en conserva,

dulces en la boca, deshaciéndose 

por la lengua abrazada por su sabor.

Siempre sentados a la mesa,

celebran un cumpleaños

o el día de navidad o la víspera

de 1939 o 1951 

o el final de una guerra.

Alguien atrás dice todos los nombres,

una mujer, y su voz cae en mí

como una cubeta por el brocal de un pozo,

el sonido del agua abajo, 

la onda esparciéndose hasta tocarme

como si las manos de todos 

aquellos que observo

se extendieran para saber quién soy,

o quiénes han llegado a ser

a través de mí.

.

.

EN EL MÁRGEN DEL CIELO

Como un día de invierno

dejado atrás pero aún mío,

tu nombre yace en mis labios

como un archipiélago

sobre un mar rojo,

y cuando hablo

cualquier idioma del mundo

mi aliento te roza

como la luz más lenta del otoño

cuando pule

el contorno de las hojas.

He visto demasiados occidentes.

La jirafa y el león

escucharon mi voz

y volvieron a mirar.

Mi sombra se estiró

hasta alcanzar sus sombras

y nuestros ojos se encontraron

en el centro de la sabana

y del mundo

y en esos ojos míos

también estaba tu imagen,

tatuada en mi pupila

como un relámpago en la oscuridad.

Toqué la piedra de mil años,

se sumergió mi pie

bajo siete mares distintos,

y aunque me fui

permanecí

en el mismo sitio siempre,

encerrada en el margen

de ese cielo semejante a tus labios.

Como un día de invierno o de verano,

tu cuerpo es mi horizonte,

el límite infinito

de mis ojos cerrados.

Roxana Méndez es poeta y narradora salvadoreña, máster en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. En 2022 obtuvo el Premio de Poesía José Hierro en España, en 2019 el Premio Fundación Cuatrogatos de Miami, ese mismo año ganó el Premio de relatos de Navidad Ciudad de Melilla en España, y en 2012, el Premio Alhambra de Poesía Americana en España. En su país ha ganado premios nacionales de poesía, poesía infantil y narrativa infantil. Ha publicado los libros de poesía: Máquinas voladoras, La lluvia de 1979, El cielo en la ventana, Mnemosine y Memoria, así como varios títulos de narrativa y poesía infantil. Su obra poética ha sido traducida a diversas lenguas e incluida en numerosas publicaciones literarias en varios países.Roxana Méndez: El límite donde se encuentran el mar y los valles.