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En esta tierra de nadie
en la que nacen latifundios
y mueren jornaleros,
aquí se escribe la historia del vencido,
de aquel que nada tiene
salvo todavía algo que perder.
Estas tierras bañadas en sangre
de disparos de bala y de traiciones,
es también la pólvora que aviva los principios,
y es el campo, los cauces, y el maíz,
como lo es así la tumba del difunto
—es todo lo que crece y muere bajo ella—.
En este lugar, Anenecuilco mío,
en el que han manchado ya tu territorio,
no olvides que alguien se juega el pellejo todavía,
mata sus pasiones y libra guerras a tu nombre
para que la tierra vuelva a aquellos
que la trabajan con sus manos.
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Caminar por la calle es cavar su propia tumba
y cada paso un girón de pecho,
un último abismo en cada palpitar.
México, el país donde las faldas se han convertido
en armas suicidas
y las horas en toques de queda.
Aquí no existen las luchas diferentes
ni un nombre que no sea de todas,
porque la muerte tiene nombre de mujer.
Alguien camina por la calle
y en las paredes puede ir leyendo su epitafio,
igual que puede leerse
el próximo encabezado en la Nota Roja:
“Mujer camina por la calle
a cierta hora,
con cierta falda,
y ha cavado su propia tumba”.
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No he de conocer más aromas
que tu embriagante incienso en el templo de la noche
ni he de beber de un néctar diferente
que no sea el vino del más sagrado de todos los griales.
Así es tu desnudez, Chinaca querida,
un firmamento en medio del infierno,
es probar siete veces los placeres en el pecado de la mesa
y profanar sorbo a sorbo la ley de cada mandamiento.
Porque si he de pecar esta noche
que sea con la carne de tu cuerpo.
Y si esta es la última de mis cenas
estoy listo ya, amor,
para morir en el Calvario.
