Diez metros cuadrados
Habían pasado seis años desde que Jaime dejó de salir de la habitación. Los intentos por escapar escaseaban. De vez en cuando sorprendía a su anciana madre con un nuevo ensayo para cruzar el marco de la puerta.
La madre de Jaime limpiaba su habitación y su ropa todos los días con una devoción ritual. Le había cedido la habitación con baño. Varias veces al día, la madre se detenía frente a la puerta de la habitación para preguntar si tenía hambre. Sin importar la respuesta de Jaime, ella siempre volvía con una bandeja de comida recién preparada.
Las primeras semanas de su encierro, Jaime pasaba noches enteras vigilando desde su pantalla la expansión del virus en cuerpos ajenos. Cuando se proponía a salir de ese espacio, se petrificaba en cuanto uno de sus pies traspasaba la línea entre el tapete de la habitación y el piso de madera de la estancia. Inmediatamente volvía a su espacio. Luego de las tentativas por escapar, Jaime se sentaba en su silla de mimbre o en su cama, colocaba su cabeza entre las manos y gruñía o lloraba.
El espacio de Jaime medía 10m². Los muros, antes tapizados con pósters de Drake, C. Tangana y futbolistas, ahora estaban cubiertos por una limpia capa de pintura blanca. Dispersas en el muro sobre la cama y con un diseño simétrico, pegó postales de paisajes montañosos en los que nunca había puesto un pie. Junto a la cabecera, a la altura de la almohada, estaba su mesita de noche ocupada por una planta ficus gigante y sana que sobresalía de las dimensiones del buró. Estaba estratégicamente colocada para que la planta fuera lo primero que mirara Jaime al despertar. En otro de los muros de la habitación y en contraposición con la única ventana, Jaime había incrustado espejitos que apuntaban hacia el exterior de la casa para que el reflejo lo aproximara a la luz solar. Los espejitos creaban la ilusión de posicionarlo afuera de su habitación sobre la acera de la calle, aún teniendo los pies plantados sobre el tapete gastado. La silla de mimbre en una de las esquinas servía de bandeja para comer, reposapiés y el asiento de su madre.
Hubo un tiempo en el que el resto de la familia intentó arrancarlo de esa habitación. Pero el joven, quien alguna vez fue fanático de la escalada en grupo y las bicicletas de montaña, recibió los empeños de la familia con amargura. Una mañana, su tío –un hombre corpulento y enardecido– entró a la habitación, harto de la situación lo cargó del hombro y lo arrastró hacia el pasillo. Jaime alcanzó su mano y la mordió. Le clavó los dientes en el dorso con tanta saña que la sangre le chorreo por la comisura de los labios. La escena terminó con el grito de la madre al ver a su hijo ser arrojado por su tío de vuelta a la habitación. Nadie en la familia volvió después de ese estallido y la ruptura fue absoluta. Tiempo después, la madre consiguió ansiolíticos por su cuenta pues Jaime se negaba a recibir a un doctor. Solo bastaron unos cuantos intentos por cruzar el marco de la puerta para que el joven desechara las pastillas por el inodoro.
Una tarde en particular del sexto año de encierro, el ruido del estómago vacío de Jaime se escuchó hasta la cocina. No había comido nada en todo el día y la bandeja de comida no se veía por ningún lado en la habitación.
–¡Mamá! Pero qué pasa, no te veo… –Nadie contestó.
Llamó a su madre varias veces sin recibir respuesta. Jaime despegó uno de los espejitos que antes reflejaban el exterior y, por primera vez, lo dirigió hacia el interior de la casa. Estirando el brazo con el espejo fuera de su habitación volvió a ver espacios de su casa que hacía muchos años no veía. El reflejo mostraba la entrada de la cocina en la que apenas se distinguían unos muebles, y bastó para ver el deterioro: repisas rotas, manchadas de grasa y sin puertas. Una alacena guardando apenas lo que Jaime comía. Platos sucios y pedazos de comida enmohecida acumulándose sobre el fregadero.
El suelo, lleno de cartones y latas vacías, se reflejaron unos zapatos gastados y rotos, unidos a dos piernas estiradas. Las piernas enfermas, hinchadas y marcadas con várices azules. Jaime subió milimétricamente el cristal para apuntar al cuerpo y rostro. Vio a una mujer desconocida sentada junto a la mesa de la cocina. La cabeza gris y semi calva estaba inclinada hacia un lado, con la oreja rozando su hombro. Los ojos cerrados y las ojeras moradas remarcaban la palidez verdosa de su piel. Con la respiración entrecortada de la mujer venía un agudo chillido que Jaime ya había oído antes pero apenas ahí, sentado en el tapete gastado de su habitación, lo relacionó con los pulmones de su madre.
–¡MAMÁ! –gritó Jaime, aún sin salir de la habitación. La mujer apenas y movió la cabeza ante el grito.
En el espejo que Jaime sostenía en su mano, se reflejaron las manos azuladas desparramándose hacia los costados de la mujer y el chiflido en sus pulmones dejó de escucharse.
