I
A mi matriz.
El espasmo de las olas
se vuelve cada vez más corto,
como el vaho que
ha sido secuestrado por un verbo abierto.
Y ahí,
entre el meridiano y lo oculto,
resides como lluvia que nunca
empapa al nogal.
Respiras en el tigre manco
de rostro duro, que desgarra
en solitud la paciencia de lo
inverosímil.
Tigre de fauces putrefactas
y pelaje amargo;
desteñido por los juicios
del alba,
que vive de la inflamación
de un frágil cuello.
Pero te haces alma nocturna
en el sexo mancebo, escondiéndote
en el detrimento de una selva
que ha dejado de ser tuya.
Tus perlas exiguas se devoran entre sí,
como higuera que agoniza seca,
cuando el milagro no la alcanza.
Porque el laurel engaña en cada
luna y te consagras en la sincronía
de una muerte fecunda.
.
.
II
En las tardes de misterio,
llegas incauto como
penumbra que no muere
al alba.
Te encarnas en el velo que
nos separa del oriente y
revives entre un caos
con olor a incienso.
Te conduces como sombra
vespertina que pacta
mi tiempo restante
y te aferras a mí como
una melancólica ceguera
que ha enterrado a tantas
rameras de ojo prieto.
-A tantas mujeres como yo. –
Te vuelves imitación
de un espíritu que anda todos
los días por mí; decide por mí
y habla por mí.
Mientras yo por dentro
me quedo más callada,
más vacía.
El miedo se ha vuelto
incertidumbre,
y esta se deshace en
homenajes cada vez
menos apartados en el tiempo.
Pero si mi madre me recuerda,
sabré que el frío fue temporal,
que el dolor fue solo una experiencia
y que la vida no me la quitaron,
sino que se la he entregado a Ellas.
.
.
III
La carne se ha vuelto mi tirano,
mi solo dios manipulador.
uno que no conoce
estigma ni pecado.
Que solo busca el plúmbeo hormigueo
que extingue la mala sangre,
porque de a poco me he libertado
del filo cuneiforme
que degradaba a la fiera a
estado de sierva.
He partido el mar en dos
postrandome entre el clímax y
el estribo taciturno.
Ya no te oculto entre
las fibras de mi cuerpo,
porque me he vuelto la indiferencia
de la vida estricta;
– el punto ciego de los mártires.-
