Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Fue entrevistado por Silvia Lemus, en el año 2020, en el programa “Tratos y retratos” de Canal 22. En 2023 fue entrevistado en un capítulo de la serie “La ciudad es mi letra”, de Capital 21 TV. Incluido en la antología internacional bilingüe “Puente y Precipicio”, publicada en Rusia, bajo la selección de Natalia Azarova y Dmitriy Kuzmin (2019). Es autor de dos novelas, nueve libros de cuentos y cuatro poemarios. Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo Nocturnario, El búho, Círculo de poesía, Nexos, Punto en línea, Anestesia, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Nueva York Poetry, Altazor, Vislumbre, Algarabía, Jus, y Períódico de Poesía (UNAM). Es parte del catálogo de autores del INBAL. Ha sido conductor en Radio Anáhuac, Radio Sogem y Radio IPN (95.7 FM). Es director, creador y fundador del Coloquio Internacional de Poesía y Filosofía (respaldado por el Fondo de Cultura Económica). Director de la Colección Digital de Terror en Editora BGR (España). Publicado en la Academia Uruguaya de Letras, en España, Italia, Perú, Argentina y Venezuela, su obra ha sido traducida al inglés, ruso, griego, serbio, checo e italiano.

Ulises Paniagua: El muro indiscreto destruyó mi relación amorosa.

LA CASA DE LAS PAREDES ESTRECHAS

Harto de sus chismes entre la familia y fuera de ella, decidí llevar a mi madre a la mezquita de Al-Mahadid. A través de la web me enteré de un retiro cercano a Córdoba, España, donde un grupo de terapeutas abocados a la sabiduría sufí prometen corregir los vicios humanos, entre ellos las habladurías. Mamá no parecía tener remedio. 

—Hijo, estás equivocado, no me gusta hablar mal de la gente. Creo que el del problema eres tú, y los demás lo saben, porque dice tu primo que…

Mi madre había causado suficiente daño como para desentenderse de ello; por supuesto, se empeñaba en negarlo. A la tía Chofi le contó pestes del tío Jaime. A mi mejor amigo, Mercucio, lo confrontó con mi novia Julieta. Al vecino de la casa de la izquierda le revelaba secretos del de la derecha; cinco minutos después, al conversar con el vecino de la diestra compartía detalles bochornosos del de la siniestra. Cual coronación de sus actos, se dio a la tarea de destruir mi relación amorosa, y casi lo consigue a través de falsos rumores.

Como tengo un buen empleo, el asunto financiero no fue un problema. En un par de semanas mi madre y yo estábamos en Almadid (como conocen a esta pequeña villa en Andalucía). Los monjes sufíes no me dejaron acompañarla en el retiro; tuve que hospedarme en Sevilla; desde ahí me mantuve al tanto de su evolución clínica. Estuve expectante algunos días entre la paz que brindan los espejos de agua, las fuentes de azulejos y un hermoso jardín de un hotel de paredes de calicanto al estilo de la época beréber. 

Dos semanas después, justo en sábado, recibí una llamada:

—Estoy curada.

No di crédito a sus palabras, así que pedí comunicarme con uno de los terapeutas:

—En efecto, señor R, su madre se rehabilitó.

Recogí a mamá el domingo. La euforia me invadió, me desviví en agradecimientos con los monjes; alegremente les ofrecí dinero extra. No quisieron aceptarlo. Antes de partir, uno de los sufís me llevó aparte:

—Señor R, le confieso: ningún paciente había sido tan difícil, creímos que no iba a ceder. Parecía una posesa.

Dejamos aquella bella región, llena de historia y arquitectura mudéjar. Durante el viaje en avión mi madre habló de muchos asuntos, excepto aquellos que involucraran comentarios irónicos o venenosos acerca de la vida de los otros. ¿Era esa la mujer que me dio a luz, la que se dedicó a criticar a mis compañeros de secundaria, la que conocía los secretos de cada uno de los vecinos del barrio? Parecía una persona diferente.

Ya en casa, platicó una historia fantástica a la que me costó dar crédito:

—Me llevaron a uno de los cuartos de la mezita —dijo. 

—Mezquita, mamá, se llama mezquita.

—Esa cosa. Uno de los terapeutas me mostró algunos, ¿cómo dices tú?, esas cosas, arabescos inscritos en las vigas del techo del cuarto. “Son citas del Corán junto al poema que escribió un indiscreto”, dijo el terapeuta antes de cerrar la puerta. Me acuerdo bien de sus palabras raras. No le hice caso, husmeé un tanto, por aquí, por allá. En el refrigerador encontré comida, al menos no iba a preocuparme por eso. Las cosas iban de maravilla.

—Ya te dije que repites mucho la palabra cosas.

—Y yo te digo que no me interrumpas. El día segundo, sí, fue el segundo, comencé a escuchar voces. Me asusté, pensé que el lugar estaba habitado por fantasmas o que me estaba volviendo loca. 

—¿Voces? —pregunté interesado.

Mamá continuó con su relato:

—Me di cuenta de que una de las paredes hablaba. El muro maldecía a la pared opuesta, no dejaba de llamarla “alzada” y “lagartona”. Se detenía cuando se cansaba de despotricar. Por la noche, en cambio, la otra pared repetía las peores calamidades del primer muro. Lo llamaba “pobretón” y “mugroso”.

—¿Lo era? —pregunté, para sondear a mamá.

—No sé, R, no me fijé en eso.

Me quedé con la boca abierta. Era la oportunidad perfecta, para ella, de hacer un mal comentario, de usar las artes de la intriga. Mi madre eludió la oportunidad de realizar un juicio hiriente; lo que me llenó de dicha.

—Fue espantoso —continuó—. Las paredes conversaron día y noche; no me dejaron dormir. Cuando no me dirigía la palabra una, lo hacía la otra. Al principio, fingía apoyar a cada parte; intrigaba contra el muro que permanecía en silencio. Lo hacía con sinceridad, me gustaba hacerlas entrar en conflicto. Luego me harté, eran muchas voces y demasiados detalles vergonzosos. Muchas cosas. Cuando sentí que comenzaba a perder la cordura, me di por vencida; inicié el recurso de promover la paz entre las paredes. Me mandaron al diablo, prolongaron su guerra verbal. Comencé a comer mal, bajé tres kilos, las ojeras que me nacieron fueron enormes. Un día, harta de ese martirio, les grité: ¡No quiero más chismes! Las paredes, enfurecidas, comenzaron a estrecharse, yo juraba que me engullían; yo, en cambio, no supe o no quise hallar la puerta de salida. En el momento en que estaban a centímetros de mi cuerpo, que era imposible girar, cuando estaban a punto de aplastarme, me desmayé. 

—¿Y luego?

—Al recobrar el sentido pude ver el rostro de los monjes. Sonreían y ponían sus manos en mi frente. Ya no estaba en el piso, me habían acostado en una cama elegante. Después me llevaron a un hermoso jardín con piscina, Nadé durante horas, tomé el sol, fui feliz. Hice ese tipo de cosas.

—¿Eso fue todo?

—Sí.

Era un asunto raro, sin duda. Me sorprendieron los procedimientos de los sufíes. La historia, por otra parte, me parecía ridícula ¿Habrían drogado a mamá? ¿Le habrían dado alguna bebida espirituosa, una sustancia transgresora de los sentidos? La respuesta, el cómo, era lo de menos. Lo habían logrado, esos tipos eran unos magos, unos santos, héroes invaluables.

Me disculpé con mamá cuando entró una llamada.

—Hola, amor, ¿cómo estás? —dijo Julieta al otro lado de la línea.

—Hola, linda —respondí—. Estoy de vuelta. Salgo en un par de horas a tu “depa”.

—Te espero. Te aviso que ya arreglé los desacuerdos con Mercucio ¿Cómo sigue tu mami?

—Es increíble, se curó. 

—¿Se curó?

—Se curó. Te veo en un rato. Besos.

—Besos de arabescos —se despidió Julieta.

Colgué. 

Mi madre había tomado asiento en la sala. Una suave calma invadía la habitación. El tiempo parecía flotar. Era un momento espléndido.

—¿Era ella? —preguntó.

—¿Quién, Julieta? Sí. Era ella. Ahora vuelvo, mamá. Subo a cambiarme.

La miré con ternura antes de echar a andar. Se veía tan desprotegida, tan pequeña en medio del sillón. Sus pies casi colgaban; su figura hacía pensar en la inocencia de la tierna infancia. Al borde de la felicidad, le di la espalda. No había logrado subir el tercer peldaño cuando escuché comentar, a una voz:

—Dile que aprenda a vestirse, es una desaliñada.

Me congelé, no supe si había oído bien. Recargado en el barandal, volví a contemplar a mamá. Ella se limaba las uñas con descuido. Me miraba con una cara de tal ingenuidad que comencé a creer que quien estaba enloqueciendo era yo ¿Había hablado? ¿Era su voz la que se atrevió a ofender a mi prometida? ¿Fingía? En silenció, negué con la cabeza y volví a subir un par de escalones. Esta vez apareció una carcajada. Vino a mi mente la frase de uno de los monjes: “creímos que no iba a ceder, parecía una posesa”. 

—Es la verdad, no sabe vestir. Le falta porte —dijo la voz.

Contemplé a mi madre. Se había quedado dormida por la fatiga del viaje. O tal vez fingía. Puse mayor empeño, agudicé los sentidos. La voz que criticaba a mi novia la llevaba activa en la cabeza. Provenía del interior. Podía escucharla. Corrí hasta el baño. Me contemplé en el espejo. Ante el más terrible desconcierto, sin poder evitarlo, me vi abrir la boca, sólo para emitir los comentarios más hirientes sobre mi amigo Mercucio, sobre mi novia, acerca de los monjes que nos recibieron en Al-Mahadid: los llamé idiotas, falsos, desgarbados. Fue un espectáculo triste y terrible a la vez: como ver a mi madre trasladarse a mi cuerpo, en una transmutación ominosa. Supliqué, en ese momento, que me aplastaran las paredes de la casa. Anhelé ese tipo de cosas.

Este texto corresponde a “El libro de los libritos”, 

de próxima aparición.

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta y dramaturgo. Ganador del Concurso Internacional de Cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia (2019). Fue entrevistado por Silvia Lemus, en el año 2020, en el programa “Tratos y retratos” de Canal 22. En 2023 fue entrevistado en un capítulo de la serie “La ciudad es mi letra”, de Capital 21 TV. Incluido en la antología internacional bilingüe “Puente y Precipicio”, publicada en Rusia, bajo la selección de Natalia Azarova y Dmitriy Kuzmin (2019). Es autor de dos novelas, nueve libros de cuentos y cuatro poemarios. Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo Nocturnario, El búho, Círculo de poesía, Nexos, Punto en línea, Anestesia, El Sol de México, Ígitur, Letralia, Nueva York Poetry, Altazor, Vislumbre, Algarabía, Jus, y Períódico de Poesía (UNAM). Es parte del catálogo de autores del INBAL. Ha sido conductor en Radio Anáhuac, Radio Sogem y Radio IPN (95.7 FM). Es director, creador y fundador del Coloquio Internacional de Poesía y Filosofía (respaldado por el Fondo de Cultura Económica). Director de la Colección Digital de Terror en Editora BGR (España). Publicado en la Academia Uruguaya de Letras, en España, Italia, Perú, Argentina y Venezuela, su obra ha sido traducida al inglés, ruso, griego, serbio, checo e italiano. Ulises Paniagua: El muro indiscreto destruyó mi relación amorosa.