EN LA ESPERA DEL MAÑANA
I
Descubrimos la antimateria. Esa fue la buena noticia. Lo primero que hice, después de tan extraordinaria nueva, fue dejar el laboratorio e ir a celebrar a un bar, toda la noche, junto al grupo de investigación. A la mañana siguiente llamé a mi esposa, le comuniqué el éxito de nuestro trabajo. La extrañaba, también extrañaba a mi hijo. Tantos de años de desvelo y privaciones se concentraron en ocho felices palabras que se desbordaron en la línea:
—Lo hicimos. No puedo creerlo, voy a casa.
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II
Días después dormimos poco. El alcance del descubrimiento despertó la incertidumbre. A pesar de las felicitaciones de los políticos y militares norteamericanos y europeos, era evidente una inquietud profunda. Decidimos no hacer comentarios, mantener la más absoluta discreción. Se presentaban dos posibilidades: los cálculos eran exactos y nuestros nombres se inscribirían en la Historia, o el comportamiento de la antimateria…Para qué pensar en eso.
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III
Tres semanas después nos comentaron, en el Laboratorio, que nos postularían para el Premio Nobel. Nos lo comunicaron vía email. Mi esposa y yo esperábamos un segundo bebé, según lo supe esa noche. No puedo describir los alcances de mi felicidad en aquel instante. Estaba completo. Aunque no dejaba de asaltarme un sueño donde, entre las calles de la ciudad, me atacaba una bestia salvaje ¿Qué significaba aquello?
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IV
Ella fue la primera en notarlo. Cuando mi esposa se asomó a la terraza, contempló en el cielo un fulgor fuera de lo común. En medio de tanta luminosidad asomaba una honda negrura, una inmensa boca de lobo. Justo ese día planeaba mi regreso al laboratorio; sin embargo, el vuelo no tenía sentido, era tarde para eso. Intenté llamar al laboratorio. Fue inútil.
Comprendí. Primero desaparecieron algunas nubes, luego las montañas, las avenidas, los autos, los rascacielos. Aquello se curvaba y retorcía en una oleada de miedo. Ante mí, la oscuridad engullía siglos de Historia, antiguos cantares, el esplendor de Atenas, la belleza de Machu Picchu, la poesía sufí, las maravillas de Persia, los nombres, los libros, el agua, el fuego. Desaparecían el continente, el país, la ciudad, el barrio, las más alejadas losetas de la terraza. Cada cosa era devorada por la antimateria para perder su nombre. Se cumplía la segunda expectativa, que tanto temimos. Mi mujer corrió hasta mí, el niño seguía durmiendo. Por instinto de protección, la abracé y toqué su vientre. Sentí las últimas pataditas de la criatura que, junto a nosotros, desaparecería para siempre.
Hice un último cálculo, murmuré una plegaria: ojalá existiera, como sospechamos, una realidad alterna. Tal vez así perpetuaría mi felicidad. Quizás, desde ahí, podría escribir estas líneas.
Este texto corresponde a “El libro de los libritos”,
de próxima aparición.
