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TALLER LITERARIO, HACE YA MUCHO TIEMPO
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Al terminar la clase,
el poeta se iba
con una estela
de pequeños políticos
culturales
caciques.
Se dirigían
hacia algún restaurant refinado
de aquel pueblo que soñaba
ser urbe.
Hablaban del conocimiento
hermético que es la poesía,
ellos, que sí sabían lo que eran
esas cosas ocultas detrás de
mares y páginas espesas
que nosotras, las invisibles, no entendíamos.
Los veíamos partir
sin disculparse,
sin ofrecer excusas por
hacernos a un lado
(iluminados, plenos)
y me daban envidia
—siempre ingenua pensé
que iban a desenredar los nudos
del lenguaje y a beber un cáliz
de ritmos y figuras retóricas,
en vez de comer tacos y discutir
la métrica de los pechos
de alguna parroquiana—.
Volvía a casa anhelando ser ellos
mientras, puesta debajo de un tapete
igual que la basura,
roía mi hueso de palabras.
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CENTRO COMUNITARIO WILLOWCREEK
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Aún tenía el brío de las magnolias.
No importaban las cuestas ni el vapor asfixiante del verano.
Me rodeaba de ese grupo de mujeres:
las marcas del dolor y del tiempo en nuestros rostros nos hacían una sola.
Siempre había una mano que sostener a mitad del abismo,
un masaje que descrujiera el tiempo en nuestra espalda,
una plegaria para curar soledades de nuestra migración.
Siempre había una clase de inglés para maquillar un poco
nuestro acento (la piel es imposible).
Éramos el refugio de las otras y sabíamos poner
la patria a mitad del estacionamiento
cuando hacíamos posadas o peregrinaciones.
Yo regresé a la brisa de mi ciudad de origen,
extraño los tamales (incluso si aquí son más auténticos)
porque es un arte arrancar el sabor de algún sitio
y sazonarlo en ollas extranjeras
donde también se pone a hervir el desencanto.
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EL RACISMO TIENE UN ACENTO MUY SUTIL
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A veces,
cuando escucho,
me arrojan las palabras en cámara lenta.
La observo volar —aves anestesiadas—
y llegar a mi oído en un goteo pausado.
En su trayecto, analizo una respuesta rápida,
segura, pronunciada con toda la precisión
posible para mi acento extraño:
la dejo salir de mi boca como un objeto esférico
de bordes rigurosos.
Entonces mi interlocutor inclina la cabeza,
abre un poco la boca y entrecierra los ojos,
coloca la mano junto a su oreja
para captar mejor las sílabas que emergen de mis labios.
Sonríe con gesto compasivo
y me dice aún más pausadamente —Can you repeat?