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Mi bisabuelo tocaba la guitarra.
En sus ratos de ocio
ponía a bailar la luz entre sus dedos
acostumbrados a las tijeras de la sastrería.
Mi bisabuelo tenía las manos hábiles
y el corazón como un panal lleno de hijos.
Murió de influenza española
y dejó sus afanes blanqueándose
en el tendedero del jardín.
Siete huérfanos zurcieron su llanto
con siete puntos de cruz.
Siete platos a medias,
siete jarros de abismo,
siete notas musicales,
siete días de la semana.
Catorce manos vacías,
catorce piernas corriendo hacia un futuro remendado,
catorce pies afianzándose al suelo.
Hasta siete veces siete repitiéndose cada domingo
en siete biblias mudas que no sabían perdonar a la muerte.
Cuarentainueve puertas —dice la cábala—
para volver a Dios.
Cuarentainueve años que nunca cumplió
el hombre que soñaba entre casimires y entretelas:
mi bisabuelo que murió de la gripe española.
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A Sagrario.
Pocos idiomas
tienen una palabra para nombrar
a una madre
cuyo hijo está muerto.
Si yo pudiera acuñar esa palabra
tendría el peso exacto de la roca
que golpea la nuca y descalabra.
Los bordes de un molusco,
discontinuos,
con ángulos filosos.
Mi palabra sería un taladro
cuya broca se hunde hasta rozar
la negrura perenne del fondo de la tierra.
Irregular como una piedrita
que se clava en el ojo,
entra hasta su raíz
y lo devuelve convertido en guijarro.
Sonaría recia, rota, arrebatada
como el serrucho
que amputa un cuerpo a un cuerpo.
No tendría piedad en sus vocales
ni consonantes dóciles,
hablaría con un sonar de agujas.
Sería imposible pronunciarla
sin romperse los dientes,
sin ahogarse en la saliva.
Palabra rencorosa,
llovizna inacabable
sobre tierra anegada.
Aprieto bien las manos,
clavo las uñas en sus palmas
y recuerdo
y sé que duele ser
eso que ni siquiera existe.
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Abril: alfiler que se hunde en las alas del tiempo: insomnio sostenido: sopor en los bemoles de la tarde. Abril siempre una cuesta, una pendiente de fauces increíbles hacia mayo. Mayo: todo continúa igual: tardes cerradas, domingos enclaustrados: una corona de veneno sobre la cabeza del aire: suspiros extendiendo sus manos hasta junio. Junio: vacío: tapias que nunca dejan de rodear a su presa: liebres a salto de mata: mi corazón latiendo como botín de un lobo. Peor es julio: destierro a la deriva de las mareas más brutales: julio carne de arena y agujas que se encajan en el cuerpo: sobresaltos, ojos que pasan la noche en vela: velas que se nutren de viento para llegar a agosto. Agosto: no bajemos la guardia y ya no tengo fuerza: explosión de clavículas y omóplatos: cuerpo que ansía una pausa y un barco de papel que navegue a septiembre. Septiembre: sempiterno: continuación de un exilio hacia los interiores: crepúsculos a medias: filas de rostros apagados afuera de las clínicas. Octubre: impotencia dislocando las nubes: cielo nítido, sólido: inhalo sus esquirlas: el aire: cascajos de un mundo que se rompe.
