Cielo Uscanga, historiadora y poeta mexicana quien actualmente cursa su doctorado de Literatura y Cultura en Español en la Universidad de California-Davis, en California, estrena poemario titulado «Bruma», publicado por la prestigiosa casa editorial española Valparaíso Ediciones. Aquí, tres poemas que conforman esta obra.
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LÁZARO
Que a la partida de la roca
no guarda la penumbra
y en el cantar de tus mentiras
encontré la falsa contienda.
¿Quién guarda la desdicha del corazón
cuando este no toma
las desdichas de los cánticos mortales?
No matarás a tu prójimo,
no le quebrarás
ni sentenciarás al opresor.
Presenciarás cómo se ahorcan
cómo entallan sus espadas
y roban al pobre toda esperanza.
Presenciarás cómo me marcho,
cómo me quiebro en el firmamento,
cómo me ahogo
con cada una de tus palabras
y cómo espero que retomes el cielo.
Me dirás “falsa”
llamarás y sentenciarás
con el mismo poder
que tú mismo te has dado.
Me mirarás empobrecida
y con la pena que sólo en ti habita.
Y yo miraré tus pecados.
Te sabré verdugo.
Te sabré asesino.
Te sabré juez.
Te sabré roto
y desesperado.
Te sabré,
pero tú no me sabrás nunca
porque no pudiste andar.
Abre tus oídos.
[Prudencia mal herida
vuélvete al campo
y retoma tu cuerpo sacro.
Mírame en las tinieblas
acorralada por las inquietudes extrañas.
Mírame y canta
que yo me amarraré al mástil,
Prudencia mal encarada.
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VÍSPERAS DE GUERRA
Olvidamos las trampas del destino,
las amonestaciones y delirios.
Luego, caídos,
bajo las hojas del palmar,
miremos con los ojos engrandecidos
las nuevas intenciones de quien nos llama “cariño”.
Mirad quien aquí aconteció
cuando Alexandro tuvo su esplendor,
aquel que atestiguó por encima de los cielos
la pérdida exaltada de una ciudad gloriosa,
donde el agua abunda por los caminos
y se traga el afán de aquellos extraños.
La tierra que en sus centros retiembla
bajo una bandera ajena,
de estrellas, y colores que asimilan la pureza.
Aquí no hay dioses
que te partan con un rayo,
pero sí hay los que botan tu sangre
para regar las flores de la nostalgia
y cosechar una nueva nación,
lejos de quienes llevan la ceniza en la piel.
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ANA
Mi madre olía a almendras dulces
y bajo los soles que llevaba por ojos
se marcaban unas ramas de un camino intempestivo.
Con cada risa se asomaba el delirio abismal,
se miraba en la carne, un hoyuelo.
Una carcajada que estremecía el aire.
Mi madre como las almendras
se envolvía en sedas y linos de un castaño oscuro,
el café que tomaba por las mañanas era negro con dos de azúcar
y nunca más allá de las diez
y nunca fuera de la oficina
Mi madre fue una niña solitaria
que después de no poder caminar y caer en la enfermedad,
volvió de la danza su profesión.
Perdió a su cuidadora en un parto mal atendido,
“dicen que no soportó, pero ella sólo tenía treinta y cinco,
yo te tuve a los treinta y cinco”, dice mi madre,
mientras veo en su mirar el miedo que contuvo durante todo el embarazo.
“Y tu parto no fue fácil”,
una cesárea que le atravesó el alma y la profesión.
“Y tu nombre iba a ser César”, dice mi madre,
pero nací mujer, y tocó llevar a Dios en mi nombre.
Mi madre me mira,
mientras el gel frío del ultrasonido toca mi piel una vez virgen.
“Todo está bien”, dice el médico,
y yo con un útero rasgado después de la pérdida,
con las piernas aún ensangrentadas.
“Todo está bien”, sentencia,
mientras los ojos míos y de mi madre se llenan de lágrimas dolosas.
“Yo tenía tu edad cuando perdí a tus hermanos”, dice mi madre.
